Σάββατο, 6 Φεβρουαρίου 2016

Porcelana, de Konstantinos Kapetanakis

Todo se arregla.
La toco. La vendedora levanta los hombros y no me pregunta más, atiende a otro. Dejo de oírla, como si me hubiera ido. Lo hago a menudo, aunque en realidad esté ahí.
Cae sangre de su frente. Me dice que no es nada, un rasguño en la ceja; ¿tú estás bien? Me toca la cabeza. Trozos del parabrisas roto cubren el salpicadero, el intermitente está activado. Mi rodilla derecha no tanto. La masajea suavemente. Vete a casa, ahora voy yo. Huele a gasolina y del motor sale humo.
Su sangre, una línea que baja vacilante, se desvía a la altura del ojo izquierdo y para en el labio superior; la lame. Mis manos todavía están agarrando el volante; las acaricia. Retomaremos las clases cuando arregle el coche, lo prometo. Pensaba que el pedal derecho era el freno, papá. Dejo el volante y me miro las palmas de las manos, sudadas. Yo también me confundo a veces, no te creas; vete y no le digas a mamá que estábamos juntos.
Siento que desde lejos la vendedora me mira. Me pierdo en el tiempo y hago el rídiculo en la tienda, me retraso, de un momento a otro se acaba el plazo del tíquet del aparcamiento, me van a multar, voy a llegar tarde a casa. Es como si alguien me estuviera esperando para regañarme.
Todos los neumáticos han reventado y la parte de atrás del coche está levantada, una roca se ha atascado debajo. Se ríe; tonterías, verás como todo se arregla. Quiero decir algo, pero me pregunto si contemplanos lo que nos ocurre de la misma manera y miro a mi alrededor, la valla que tiré al pisar el acelerador y abalanzarnos sobre el descampado, el capó destrozado, las puertas arrugadas, el árbol que nos paró. Termino en su cara; tiene una sonrisa de haber cometido una travesura. Me guiña el ojo. Así de fácil le fue asumirlo, neutralizarlo, como si nunca pudiera pasar nada malo.
No lloré, aunque no estoy seguro. A veces me parece que como no lloré en su funeral no he llorado nunca, pero no puede ser, quizás me esté equivocando.
Me alejo cojeando del coche y miro hacia atrás. Está de pie junto al coche, como si estuviera listo para abrazarlo, se seca la sangre y me saluda con la mano. Me repito mientras camino en la calle que no debo decir nada. Abro la puerta de casa y está ella en el pasillo con los brazos cruzados. Me pregunta dónde estaba. Miro hacia abajo. Estaba jugando al fútbol en el cruce. Vacila, sigue teniendo los brazos cruzados y pido desde mi interior, lo pedía desde el principio, que no parara de tenerlos así, que no estallase.
Cometió más errores de los que le correspondían, lo sé. Dice que era joven y no sabía, que hacía lo que podía, lo mejor que podía, sola desde tan pronto. Eso me dijo durante los años siguientes, incluso cuando dejé de oírla.
Ven a comer, papá llegará tarde, ha tenido un accidente con el coche. Mi mirada parece extrañarle; en cuanto se acerca a mí doy, de repente, dos pasos hacia atrás, pero luego me tiro a sus brazos y me abraza torpemente. Tampoco te pongas así, que no se ha hecho daño, solo se ha estropeado el coche. Fue a esquivar un perro, pero vete tú a saber lo que ha ocurrido en realidad, que ya me lo conozco yo. Sacude la cabeza y se va a la cocina. Murmura en voz baja ensayando todo lo que va a gritar durante días. Me quedo al lado de la mesa con la gran porcelana del chino. Tiene una caña de pescar y una mirada de sorpresa; le toco la perilla puntiaguda, el sombrero. Quiero decirle que yo se lo pedí, papá siempre me decía que sí, pisé el acelerador, me asusté. Tan solo acaricio la estatuilla y con un dedo la empujo suavemente hasta el borde de la mesa. El chino se balancea en la límite de la mesa, lo sujeto. Tengo la culpa; pruebo las tres palabras en mi boca, como si hablara una lengua desconocida. Con un toque imperceptible la porcelana cae al suelo. Miro los trozos rotos y me pregunto si puedo pegarlos con palabras. Los murmuros de la cocina paran, pasos con prisa. Ya no tiene los brazos cruzados.
«Tenga cuidado». Empujo hacia el borde de la vitrina un chino de porcelana pequeño y feo, con la cara arrugada; lleva una cesta. Como si me despertara, me echo a un lado y miro el papel que tengo en la mano: «cortarme el pelo, supermercado, lavandería, regalo de boda de la jefa 50 euros, casa, calentador/seguro, sí, no». ¿Por qué escribiría eso lo último? Unas señoras me miran, la vendedora agarra la porcelana. «Es carísima, ¿la va a comprar? ¿No dice nada?».
Siempre quedan trozos rotos. Y solo las palabras no pueden pegarlos. Pero en algún momento hablas, aunque sea por romper el silencio.


Fuente: primera publicación en el blog Planodion – Historias Bonsái (11 de diciembre de 2015).


Konstantinos Kapetanakis (Atenas, 1971). Estudió Derecho en Grecia y en Reino Unido. Asistió al taller de escritura creativa de Kostas Katsularis.

Traducción: Roberto G. Luque Schoham

Revisión: Konstantinos Paleologos

Δεν υπάρχουν σχόλια:

Δημοσίευση σχολίου