Πέμπτη, 24 Σεπτεμβρίου 2015

¿El fin de los qué?, por Hipólito G. Navarro

Mediaba el mes de septiembre, ese tiempo bisagra que se recorre mayormente cuesta arriba, cuando se siente uno ya muy de vuelta de todos los recreos pero no termina aún de arrancar un nuevo y más o menos provechoso curso, cuando recibí la llamada por la que se me invitaba a estar con ustedes aquí esta tarde para charlar de la narrativa última que se escribe en mi país. Pueden imaginarlo: la perspectiva de pasar unos días en Atenas, acompañado por nuevos amigos, para hablar de lo que a uno en el fondo más le gusta, vino en principio a colmar felizmente el interregno de esos torpes días de septiembre. Harina de otro costal sería sin embargo la zozobra que terminó por atenazarme durante los días subsiguientes, cuando tocaba rellenar tan alegre y apresurada aceptación con un contenido medianamente digno de esta mesa y esta ocasión.
No recuerdo ahora si me percaté entonces, apenas colgar el teléfono aquella tarde, o fue horas después, cuando ya por mi mesa se desparramaba conformando un rústico mapa de Grecia todo un archipiélago de papelitos arrugados llenos de vanas notas: resultaba un poquitín curioso que se me invitara a disertar sobre la novela española justamente cuando llevaba yo varios días peleándome con los folios para perpetrar un texto teórico sobre el microrrelato, ese género narrativo que habita precisamente en las antípodas de lo novelesco (me refiero a esa variante minúscula del cuento, muy del gusto latinoamericano y también español de los últimos años, que basa su estrategia en adelgazar hasta el límite sus temas y sus maneras, llevándolos a su última quintaesencia sin invadir los sacrosantos territorios de la poesía).
Siendo yo un cuentista empedernido, con un cuarto de siglo de militancia continuada en el género, se me antojaba bastante paradójico que me hubiesen convocado desde el Instituto Cervantes para integrarme en una mesa en la que, en principio, se iba a hablar de la novela última que se escribe en España.
Así pues, conociendo de antemano las múltiples desazones que semejante empresa me iba a regalar —una feroz lumbalgia me atormentó a los pocos días, sin duda correlato de la nueva tensión helénica que de manera imprudente venía a sumarse a la de la escritura de aquella poética sobre la microficción—, me apresuré a argumentar en un segundo contacto telefónico que quizá podría yo departir mejor de una vertiente de la novela española que es más de mi gusto y devoción: conferenciar sobre esas novelas que participan, sin dejar por ello de ser novelas, de la estructura de los libros de cuentos, esas novelas que pueden leerse sin merma alguna abriendo por cualquier capítulo, en cualquier orden, para degustarlos de manera independiente como si fuesen a un tiempo magníficas piezas sueltas, para nada necesitadas de las que les acompañan en guarnición. Al fin y al cabo, argumenté entonces, y se me ocurre repetir ahora, no en vano conmemoramos justamente en este 2005 los cuatrocientos años de la publicación de la primera parte del Quijote, obra inaugural del género novelesco según todos los que entienden de estos asuntos, y artefacto que sirvió de alforja a Cervantes para embutir en ella de todo un poco, colecciones de refranes y aforismos, ensayos, novelitas breves, cuentos y hasta microcuentos, pues qué otra cosa son las historias del Cautivo o del Curioso Impertinente, la aventura de la pastora Marcela o incluso la del rebuzno.
Vista así la cuestión, y cerrada de manera irreversible semejante osadía, me puse de inmediato a la labor de recuperar la memoria de esas diferentes novelas que me habían fascinado desde muy temprano como lector..., y más tarde como autor (a nadie se le escapa que en España incluso el más obstinado cuentista tiene hipotecas que pagar y familia que vestir y alimentar, y que debe afrontar sin remedio la escritura de una novela más tarde o más temprano, así sea abordándola lateralmente, como ejercicio de descanso entre la composición de sus libros de relatos, y para neutralizar de paso que se ganan unos miles de euros el muy manido y despreciativo argumento que esgrimen algunos novelistas con nómina cuando sostienen justo lo contrario: que redactan sus cuentos para descansar de la escritura de sus novelas).
La observación guerrillera era inevitable; me lo temía. Demasiado estaba tardando en acudir. Por la parte que me toca, debo confesarlo, en toda preparación de una charla acaban por cruzárseme las más inverosímiles y estorbosas interferencias, no lo puedo evitar. Este inciso de la prevalencia de unos géneros sobre otros se me presenta de últimas bastante recurrente y porfiado, cuando es precisamente el primero que debería atajar con más firme decisión. Hablar mal del género novela para así revalorizar el del cuento se me antoja hoy más torpe y feo negocio que en otras circunstancias y en otros foros, constituye una argumentación que tiene todos los visos de volvérseme en contra apenas me descuide. Algo me dice que seguir por ese camino será como tirar piedras sobre mi propio tejado, por más que alguna vaga intuición me señale a su vez que este dicho castellano no significa gran cosa en Atenas, una ciudad tan rica en piedras como escasa de techumbres.
Pensando en cómo salir del embrollo estaba cuando recibí por vía electrónica la invitación para este acto y el bonito díptico que había preparado Nanna Papanicoláu con algunos de nuestros textos vertidos al griego por Konstantinos Paleologos. Debo reconocer ahora que me arrebató tantísimo contemplar la transcripción de mi nombre y mis cuentos a los caracteres griegos, esos caracteres que yo había barajado durante tantos años como estudiante de matemáticas y de química, pero ahora puestos en fila, componiendo palabras y frases en lugar de símbolos y claves de vastas formulaciones, que me fui a la cama la mar de contento esa noche, sobre todo después de haber leído como más me convenía el título que finalmente se había dado a esta mesa: “El fin de los géneros”. Mucho se ha escrito sobre los lapsus, sobre los actos fallidos. A saber qué demonios hubieran dicho Freud y Jung de ese oportuno traspié lingüístico mío, leer “El fin de los géneros” donde estaba impreso muy claramente, y en dos lenguas... “El fin de las generaciones”.
Atesorando esa equivocación, alimentándola, dándole calor, me di primero a pensar en autores españoles que sin ser Chavi Azpeitia pudiesen estar traducidos al griego, y creo recordar que sin darle demasiadas vueltas me sobrevino el nombre de Camilo José Cela, nuestro último premio Nobel, y todavía antes el título de una de sus primeras novelas, La Colmena, publicada en 1951, un texto que visto desde lejos adquiere la forma de un mapa conocido, pues su conjunto es la suma de una rebanada considerable de historia acompañada de un chaparrón de historias más pequeñas e independientes que la rodean, la asedian, la sostienen y hasta la dignifican. Ahí se ve: Cela de tonto no tiene un pelo. Pon eso por escrito, me sugiere su fantasma, y comprobarás cómo con esta temprana reformulación de lo novelesco, a la vez que se rompe con la más circunspecta tradición última y se respalda la tesis del fin de los géneros, se ofrece una metáfora o analogía considerablemente helénica y aun turística: si alguien visita las islas, muchos se interesarán también por el territorio mayor, por las otras regiones... y viceversa.
Años más tarde, en 1977, en el prólogo a su libro de cuentos Teoría de Lola, Francisco Umbral, otro autor que imagino traducido a vuestra lengua, dejaba escritas estas esclarecidas palabras, que todavía hoy pueden suscribirse plenamente: “El relato corto es el género experimental por excelencia, y de esa experimentación constante, gratuita y fortuita del cuentista, nacen los grandes hallazgos literarios que luego son aplicados a la novela, a la literatura grande, y marcan la evolución de ésta. (...) La vanguardia de la narrativa actual no está en la novela, sino en el relato corto, y son sus grandes hallazgos estéticos, técnicos, psicológicos y estilísticos los que nutren y renuevan a la novela”. Pues eso.
Menos fácil será que tengan ustedes aquí noticia de otros autores que han trabajado con éxito esta forma híbrida de novela y libro de cuentos, como el gallego Alvaro Cunqueiro (padre de las pasmosas Crónicas del sochantre, un título en apariencia menor que yo siempre recomiendo encarecidamente por su humor descacharrante y su prodigiosa arquitectura), el madrileño Juan Eduardo Zúñiga (autor de aclamados libros de relatos y cuya última obra publicada, Flores de plomo, fue señalada por más de un crítico como gran novela —como “narración” a secas llega a venderla la editorial en la mismísima solapa— sin dejar de ser un libro que contiene once relatos o miradas bien diferentes sobre un mismo acontecimiento: el suicidio del escritor y periodista Mariano José de Larra), o el gaditano genial, de inconfundible perfil fenicio, Fernando Quiñones (autor de El coro a dos voces, uno de los libros, en este sentido que comento, más sorprendentes publicados en España en los últimos lustros, pues consigue aunar en las mismas páginas un extraordinario libro de cuentos, un muy ameno ensayo sobre la solitaria tarea del escritor, una magnífica novela y hasta un íntimo y sobrecogedor libro de memorias, conformando en su totalidad un testamento literario de primerísima magnitud).
Había pensado abundar más todavía en esta disolución de los géneros, hasta haber concluido hablando quizá de algunos autores españoles muy jóvenes que lo están mezclando todo de manera endiablada, como en aquellos maravillosos libros misceláneos de Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, o Último round, en donde conviven alegremente relatos, ensayos, poemas, pequeñas piezas de teatro, dibujos y fotografías, pero claro..., cómo seguir por este camino si resulta que ahora, hace unos minutos, aquí mismo, mientras compartía con todos ustedes el primer encuentro en el vestíbulo, en ese cartel junto a la puerta que todavía me está mirando socarrón, he visto por primera vez correctamente esas cinco palabras, una detrás de otra, para leer en ellas... “El fin de las generaciones”. Virgen santa, así que esta mesa se llama “El fin de las generaciones”, y no “El fin de los géneros”. Buena me la ha jugado la psicología. No me queda otra que improvisar algo para enmendar el entuerto, ojalá me eche un cable el señor de la traducción simultánea...
En España, hoy —como muy bien acaba de ilustrarnos Konstantinos—, la concepción tradicional de las generaciones tiende a su desaparición. No hay más que echar un vistazo a esta mesa para corroborarlo: varios sujetos de diferentes edades, intereses y condición se unen sin embargo en un solo entusiasmo, el de unos colegas que simultáneamente inventan cuentos, cometen libros, los traducen o los editan sin parar demasiadas mientes en el infecundo asunto de las generaciones, negocio éste más propio de profesores y estudiosos, de gente prolija y sistemática, en definitiva.
Habrán de ser nuestros nietos quienes acaso puedan juzgarnos pasado mañana como integrantes de alguna generación determinada, cuando atiendan a las colecciones de etiquetas que los historiadores de la literatura se saquen de la manga para mejor entender y entenderse, cuando reparen en esos letreros con los que los doctores acotan y ponen puertas al campo... de su estudio.
Por el momento únicamente podemos afirmar que coexisten hoy en España varias generaciones biológicas, de edad, pero nada más. Y que todas trabajan juntas, al unísono, nutriéndose venturosamente entre ellas.
Si me pidieran que señalase algún carácter sobresaliente de todas esas “generaciones” —y espero que se me disculpe la osadía y el regreso a mis más íntimos intereses literarios—, me atrevería a proclamar que son unas “generaciones” que le han dado al género cuento el lugar de importancia y privilegio que se merecía, el lugar en el que toda literatura que se precie debe de tener a su narrativa breve.
Durante los años cincuenta del pasado siglo escribieron en España grandes autores de cuentos, así la mayoría de su producción se viese constreñida por el despótico llamado de la literatura social, tan propia de los tiempos de posguerra. Pero pronto se abrió un período demasiado largo, desde los primeros 60 hasta bien pasados los 80, en el que el cuento pareció haberse desvanecido, eclipsado por la omnipresencia de la novela, que ha gozado siempre en mi país del gran favor de la industria editorial, de la crítica y los lectores. No sería hasta primeros de los 90, con la publicación simultánea de varias importantes antologías de relatos, cuando sobreviene un nuevo renacer del género, esplendoroso en verdad, que ha convocado los muy favorables vientos que soplan hoy para el relato corto. Me parece que ésta es la “generación del cuento” (pero en esta generación se reúnen autores como Antonio Pereira, que rebasa con creces los ochenta años, y como Mercedes Cebrián, que no termina de cruzar la frontera de los treinta y cinco).
Surgen nuevas editoriales, como Páginas de Espuma, Thule o Menoscuarto, dedicadas casi exclusivamente al cuento, y se comienza a atender no sólo a la producción última sino también a la recuperación de imprescindibles libros de relatos que pasaron inadvertidos en el momento de su primera publicación.
En Páginas de Espuma tuve la oportunidad de preparar hace ahora poco más de un año la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, casi mil páginas que agrupan ocho libros soberbios, dos de ellos publicados anteriormente sólo en América, en México y Argentina exactamente, dos países que gozan de una larga y fecunda tradición en la narrativa corta.
Un año después, hace todavía escasos meses, en una mesa similar a ésta que nos entretiene hoy, presentamos en Madrid la edición de los cuentos completos de otro maestro del género en España, Medardo Fraile. El editor de Páginas de Espuma, el joven entusiasta Juan Casamayor, quiso que estuviesen representadas tres generaciones de cuentistas en aquella ceremonia, y así, acompañando al maestro Medardo, autor nacido en 1925, estuvimos José María Merino, cuentista leonés nacido en 1941, y éste que ahora les habla, de la cosecha del 61. El auditorio, pueden fácilmente imaginarlo, estaba conformado, como también hoy aquí —y debemos felicitarnos por ello—, por guapa gente de todos los géneros y de todas las edades.

Entonces, ¿en qué quedamos?, ¿en la desaparición de los qué?


Conferencia promunciada por Hipólito G. Navarro en Atenas el 28 de noviembre de 2005, en el marco de la mesa redonda que, bajo el título "El fin de las generaciones", organizó el Instituto Cervantes de Atenas con la participación también de Enriqueta Antolín, Javier Azpeitia y Konstantinos Paleologos.

Hipólito G. Navarro ha nacido en Huelva (1961) y es escritor, sobre todo de minicuentos. Entre sus títulos destacan El cielo está López y El pez volador.

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